Entrevistar a un ‘especialista’ supone repreguntar siempre, para traducir su lenguaje técnico y hacer comprensible los conceptos para el lector.

No es el caso de Javier Blanco (46), quien utiliza un lenguaje llano para explicar los beneficios y limitaciones de la computación o la tecnología, y con el soporte de su formación académica. Sobre el voto electrónico y la urgencia para su implementación que plantean algunas fuerzas políticas, Blanco sostiene que “es un discurso auto contradictorio, en el sentido de una exigencia de mayor transparencia, cuando en realidad un sistema tal produciría exactamente el efecto contrario”. Y desecha de plano las virtudes del sistema propuesto: “Se instaló un clima de desconfianza, que no tiene asidero en la realidad”.

¿Quiere decir que la tecnología no resuelve los problemas denunciados?

- Tiene que ver con la democracia como participación masiva. La urna electrónica no corrige la falta de fiscales. La participación popular en los comicios es una de las tradiciones políticas argentinas que vale la pena defender: el acto electoral implica gran participación. Y eso es en parte lo que se ataca. El cambio ha sido importante en estos años en cuanto a participación, en especial de la juventud, algo que encima no se da por igual en todas las fuerzas.

Entonces, ¿el argumento es simplista?

- La tecnología suele funcionar como fetiche, algo que soluciona de manera mágica todos los problemas. Hay gente trabajando sobre este tema de distintos espacios políticos y con los cuales coincidimos plenamente. La tecnología cambia cosas, pero las cambia de distintas maneras. La computadora es un artefacto increíble, cambió el mundo. Hay una noción que hoy es común, pero que hace 50 años era impensable, cómo es que el mismo artefacto hace un montón de cosas diferentes: sirve para mirar televisión, comunicarnos, escribir textos, administrar un lugar, para buscar información… es altamente versátil. ¿Por qué? Porque es programable. Es el primer artefacto en la historia masivamente programable. Y eso le da algo que no puede hacer, que es mantener información sin procesar. Cuando yo pongo información en la computadora, por ese mero hecho la procesa, se manipula esa información. Uno puede decir que se puede manipular de manera tal que no cambien ciertas cosas, por ejemplo la cantidad de votos. Pero no hay manera, por su propia constitución, de estar seguro. No hay garantías de que la información no se manipule, porque por el mero hecho de contar le estoy cambiando el formato; yo pongo una boleta y sumo uno a un contador de algún lado. Hay una transformación directa de la información; pero si tengo un sobre con una boleta, lo introduzco en una urna como una estructura física determinada, si algo hace es no cambiar sin verlo. Con el voto electrónico, sí. El votante, los fiscales y el presidente de mesa pierden la capacidad de determinar por observación si algo está bien o no. No es que los fiscales pasen a ser innecesarios, son entonces inútiles.

¿Fiscales necesarios, pero en un caso inútiles?

Los fiscales no son innecesarios, porque el mismo problema está; si se quiere hacer un fraude, poniéndose de acuerdo entre varios fiscales y el presidente repartiéndose tantos votos y metiéndolos en la urna, lo mismo sería con el voto electrónico. Eso es igual. Pero en cambio todos los fiscales pasan a ser inútiles para otro tipo de fraude. El voto electrónico no mejora la situación de los partidos sin fiscales, sino que la empeora a quienes los tienen. Porque no pueden saber bien qué es lo que está pasando. El comportamiento de una urna electrónica que cuente bien o que cuente mal es indistinguible.

¿Cómo afectará un nuevo sistema a la participación?

- Es otra dimensión del problema. Nuestra tradición política de participación, de ser parte de un comicio, ir a la escuela, ponerle el cuerpo en la elección, es un hecho importante que no se puede suplir. Más allá del ataque simbólico a eso, que es parte de una concepción política, ¿cómo la tecnología afecta el proceso de votación?, lo hace en un sentido de desempoderamiento de los fiscales. Aparece la necesidad de confianza, en una empresa, que media entre lo que ocurrió, entre la voluntad popular y la expresión de esa voluntad. Esa mediación es opaca, oscura, y no porque esté una empresa en el medio, sino porque la tecnología misma es opaca. No hay manera -y no es por falta de conocimiento- de dar garantías; yo soy doctor en informática y no puedo garantizar, ni aunque me abran el código, que sea el código que se ejecuta en la computadora. Porque tiene un sistema operativo, puede tener virus, un hardware ligeramente tocado, claves de acceso invisibles. Aunque yo vea el código, ni siquiera sé si en todas las urnas estará el mismo. Eso es incontrolable para la población en general. Supongamos que nos juntamos 20 programadores de cada partido, revisamos el código si está operativo, nos convencemos; lo podemos hacer en una urna, pero cómo sabemos que el mismo programa llegue a todas las urnas… problemas logísticos que no son solubles. Cuando te llega la urna de cartón, la garantía es que está vacía cuando comienza la votación; se puede comprobar eso. En el caso de la urna electrónica, sólo podemos confiar que hace lo que dicen que hace.

¿Quiere decir que, lejos de resolver fallas, aparecen nuevos problemas?

- La tecnología puede ayudar a mejorar, moderadamente, el proceso de escrutinio. De hecho el día del comicio se escanean las actas y toda la población puede ver ese documento, hasta con una foto por celular. Eso es muy fácil de hacer y transparenta el proceso. Ahí sí hay garantías, todos pueden verlo. Es el momento del recuento de los votos, el más complejo; eso se resuelve tranquilamente. Si uno quiere un escrutinio escrutado por humanos, los tiempos son humanos. Porque la inmediatez no se puede anteponer en este debate, en particular a costa de qué. También se habla de sistemas duales, con programas y papel, pero el problema es cómo se decide en caso de discrepancia. Porque puede ser que no se detecte ninguna falla, pero a los días algún programador encuentra algo en el programa usado. ¿Qué pasa en esos casos? El problema del voto electrónico es que el daño puede ser global y no local. Podemos hacer fraude en una mesa, se puede hacer, pero es en una sola urna y el daño no afectará el resultado total. En el voto electrónico sí puede suceder, con un virus que se meta en las máquinas que sume por ejemplo 5 % más sobre determinado voto, y eso sí altera el resultado general.

¿Hay países que desecharon el voto electrónico?

Alemania, Holanda… incluso Estados Unidos casi lo dejó de utilizar, en algunos Estados se detectó fraude y hasta perdieron licencias las empresas que proveían el software y otras no pasaron los controles. En otros casos por una cuestión de costos, porque es un sistema que se usa una vez al año y se precisan artefactos que de un año a otro son obsoletos. La vulnerabilidad del sistema es grande; por ejemplo, las que se utilizaron en Buenos Aires, con una maquinita simple se podía anular la urna electrónica. En Venezuela hay un sistema dual, electrónico y papel, y el recuento que vale es el del papel; la particularidad es que es del Estado, no hay una empresa privada de por medio. En Alemania se declaró inconstitucional, el argumento fue determinante: cualquier ciudadano puede comprender y auditor el proceso. En Holanda también se sacó. Irlanda lo iba a implementar, y al final lo descartó.

¿Y en cuanto a guardar el secreto?

- Pensar que la urna electrónica es un avance es un error grosero, por no entender la tecnología. Es volver a un pensamiento mágico. Y se pierden dos garantías: la de estar seguro que lo que yo puse estará y el secreto del voto, que impide estar coaccionados a la hora de votar. Con la urna electrónica hay miles de formas de romper el secreto. En Brasil un hacker mostró cómo con un aparatito de radio frecuencia podía ver a 20 metros de distancia cómo alguien había votado; la radiación que emite la urna permitía ver desde afuera el voto. En Buenos Aires, con un celular y una aplicación, se podía leer el chip de la boleta impresa. Es más fácil vulnerar el secreto del voto.

¿Los datos podrían usarse para otros fines?

- Sabemos la cantidad de variantes que hay para conocer lo que pasa en una computadora desde afuera. ¿Por qué voy a confiar que la empresa que provee el sistema no va utilizar esos datos? En cambio, en el sistema tradicional se mete el voto en la urna y se mezcla la boleta con los restantes votos, es más difícil identificarlo. En el voto electrónico prima fundamentalmente la confianza ciega en el sistema, debo confiar en otro, en este caso una empresa. Lo que está pasando en una urna electrónica, por más que yo esté al lado, no lo sé con certeza. En el sistema actual confío en mis sentidos, en lo que veo. En realidad creo que el objetivo es imponer un sistema que sea inescrutable. Si fuera paranoico, diría que en realidad quienes proponen tan vehementemente el voto electrónico lo que están planeando es hacer un fraude. ¿Por qué tanto interés en algo que lo que hace es sacarle a la población la capacidad de contralor?

Usted trabaja sobre la filosofía de la computación…

- No me dedico al voto electrónico ni a su problemática, pero sí a reflexionar sobre la tecnología, desde una perspectiva más amplia, como un fenómeno social, por su apropiación, las formas de producción, sus variantes. Este es un caso de fetichismo tecnológico: trasladar a ciertos artefactos poderes mágicos que se han perdido en otro lado. Como dice un informático, cada vez que aparece una nueva tecnología la humanidad suele recuperar viejos sueños, el de la alquimia de convertir otros metales en oro, el elixir de la inmortalidad… Acá está pasando eso, pedimos para algo que es esencialmente intersubjetivo, una participación entre iguales, lo que es la democracia, que la tecnología resuelva los problemas, que interprete la voluntad… No hay un formato que asegure la transparencia. Y hay un discurso que opera desde ese lugar, de cuestionamiento a la democracia en general. Para no tener que recurrir a una cantidad de fiscales, muchos prefieren contratar una empresa. Hay una relación de igualdad, que se manifiesta de manera particular en las mesas de votación. Por eso no veo un gran problema en el actual sistema; hay cuestiones a rever y que se pueden subsanar, pero el voto electrónico agrega problemas imposibles de prever. Un hacker, si en algún momento se introdujo en máquinas del Pentágono, por qué no lo haría en una elección. El sistema actual no solo ofrece garantías, sino que tiene respuestas para los casos de posibles errores y una legislación que la sustenta. ¿Qué sucedería en el caso que se quemara una urna electrónica? Hay casos de fallas visibles, pero también invisibles. Hay una empresa que se contrata, con el software no abierto ni verificable. Al introducir información, el cambio en un bit puede alterar la información de millones de bits. El voto electrónico no brinda ninguna seguridad.